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Hermanas de la Caridad en El Bronx: el ocaso de una institución católica que marcó Nueva York

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La histórica congregación, clave en la vida social de la ciudad, enfrenta su final ante la falta de nuevas monjas

En un silencioso 9° piso de un edificio en El Bronx, una zona profundamente hispana, trabajadora y marcada también por la violencia urbana, se vive el ocaso de una institución que ayudó a construir Nueva York durante más de 2 siglos: las Hermanas de la Caridad de Nueva York.

Entre pasillos estrechos, andadores y oraciones, las últimas integrantes de esta histórica congregación enfrentan una realidad inevitable: su desaparición. Con apenas 124 miembros y una edad promedio de 87 años, las religiosas han tomado una decisión tan simbólica como definitiva: dejar de aceptar nuevas hermanas y entrar en lo que ellas llaman un “camino hacia la culminación”.

Una vida dedicada a servir… hasta el final

Durante más de 200 años, las Hermanas de la Caridad han tenido una presencia constante en la ciudad. Atendieron heridos de guerra, cuidaron enfermos durante epidemias, educaron a generaciones de niños y acompañaron a comunidades marginadas, desde inmigrantes hasta personas sin hogar.

Su historia comenzó en 1817, cuando Elizabeth Ann Seton envió a 3 religiosas a Nueva York para fundar un orfanato. Con el tiempo, su labor creció hasta incluir hospitales, escuelas y misiones internacionales.

Pero ese legado hoy se desvanece lentamente en el corazón de El Bronx, donde muchas de las hermanas más ancianas viven sus últimos días.

El contraste es fuerte. Mientras afuera, la vida urbana sigue con su ritmo intenso, dentro del edificio Kittay Senior Apartments, el tiempo parece haberse detenido.

En el 9° piso, donde residen las hermanas más enfermas, se respira un ambiente de calma, pero también de despedida.

Mary Kay Finneran, de 87 años, es una de ellas. Exenfermera, líder natural y figura central en esta comunidad, sigue recorriendo los pasillos con su andador, atenta a cada detalle, a cada necesidad.

Según un artículo publicado por el New York Times, su habitación refleja una filosofía clara ante la muerte: “No al 911. No a urgencias. Sí a cuidados paliativos”, se lee en un cartel junto a su cama.

Mary Kay no pide más tiempo. Solo compañía.

La decisión que marcó el final

El punto de quiebre llegó tras años de reflexión. Durante décadas, ninguna mujer se unió a la congregación en Estados Unidos. La falta de vocaciones, sumada al envejecimiento de sus integrantes, hizo inevitable la decisión.

En una reunión celebrada en abril de 2023, las hermanas votaron de forma unánime para dejar de aceptar nuevas miembros. Fue un momento cargado de emoción y silencio.

“Reconocimos que hemos hecho lo que Dios nos pidió”, recordó la hermana Margaret Egan en una entrevista para la agencia AP.

Ese día, sostuvieron un libro con los nombres de todas las hermanas que formaron parte de la orden a lo largo de su historia. Un gesto simbólico que unió pasado y presente en un mismo instante.

Una tendencia global

Lo que ocurre con esta congregación no es un caso aislado. Es parte de una tendencia global que afecta a la Iglesia Católica.

De acuerdo a ACI Prensa, en EE.UU., el número de religiosas alcanzó su punto máximo en 1965 con más de 178,000 hermanas. Para 2022, la cifra cayó a menos de 40,000, lo que representa un descenso del 82% en los últimos 60 años.

Cambios culturales, nuevas oportunidades para las mujeres y transformaciones dentro de la propia Iglesia han contribuido a esta caída.

Aun así, las hermanas rechazan culpas.

“No jugamos al juego de buscar responsables”, dijo una de ellas a AP. “Sabemos que los cambios sociales influyeron en nuestra forma de vida”.

Un legado que no desaparece

Aunque la congregación se extinga, su impacto seguirá vivo.

Muchas de las instituciones que fundaron (escuelas, hospitales y organizaciones sociales) continúan funcionando, ahora bajo liderazgo laico.

Además, las hermanas confían en que su “carisma”, ese espíritu de servicio y compasión, será heredado por nuevas generaciones.

“Hemos pasado la antorcha”, aseguró la presidenta de la congregación, la hermana Donna Dodge.

A pesar de la cercanía de la muerte, la vida en el 9° piso no está exenta de momentos de alegría. Las hermanas cantan, bailan, juegan y hasta compiten. “Hay que encontrar alegría incluso en momentos difíciles”, dijo Dodge.

Pero también hay despedidas.

Mary Kay ha acompañado a muchas de sus compañeras en sus últimos momentos. Ha sostenido manos, rezado en silencio y contado los segundos entre respiraciones.

¿Cómo terminar bien? Esa es la pregunta que atraviesa a toda la congregación: cómo cerrar una vida, y una historia colectiva, con dignidad.

Mary Kay lo tiene claro. Ya eligió las lecturas de su funeral, la música, la “Oda a la alegría”, y decidió donar su cuerpo a la ciencia.

Pero más allá de los detalles, su reflexión es más profunda: “Estoy aprendiendo a ceder el control”, dijo. Una lección difícil para alguien que dedicó su vida a cuidar de otros.

El último capítulo

Desde su ventana, Mary Kay observa el perfil de Manhattan a lo lejos. Reconoce los edificios, las iglesias, los hospitales donde alguna vez trabajó.

Sabe que no verá el final completo de la congregación. Pero también sabe que forma parte de algo más grande.

En documentos internos, se proyecta que para 2035 podrían quedar apenas 30 hermanas… Tal vez menos.

“Algunos días me pregunto si seré yo quien apague las luces”, confesó.

En El Bronx, donde la vida y la muerte conviven a diario, esa pregunta resuena con una fuerza especial. Porque cuando la última hermana se vaya, no solo terminará una congregación, se cerrará un capítulo fundamental en la historia de Nueva York.

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Fuente informativa…
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